Llega un momento en la vida cristiana, que puede surgir la siguiente incertidumbre: «¿Cómo saber el nivel de cristiano que tengo ante las diferentes tribulaciones? ¿Cómo es mi reacción cristiana cuando se presentan problemáticas, sobre todo, de esas problemáticas intensas que desestabilizan la vida?».
Si existiera una métrica que designara el “nivel de cristiano” que cada uno tiene, de manera personal, sin que nadie opine sobre la buena, regular o incipiente calidad de cristiano en la que se vive, sería ¡formidable!, ¿no crees? Porque sin exponerte, en la intimidad de tu espacio, te colocas el “medidor” y ¡listo!, obtendrías una lectura probablemente en Azul indicando que eres excelente cristiano; Verde, es una buena medida, pero puedes alcanzar más; Amarillo, comienza a plantear un plan de mejora lo antes posible, pero ¿un rojo? Un rojo, sobre todo intenso, es un indicativo de lo mucho que se necesita mejorar y trabajar. Pero como esto no es posible, ¿cuál sería, entonces la manera de conocer mi “nivel de cristiano”?
Jesús de Nazaret es el claro ejemplo de la actitud ante la prueba y de la fe en su Padre de ser socorrido; él enseña con realidades humanas la capacidad de reacción positiva ante las tribulaciones en sus diversas tonalidades.
Un ejemplo de ello es, cuando él se encuentra en el huerto de Getsemaní, en una franca agonía consigo mismo por lo que habría de venir dentro de muy poco tiempo (Mc 14, 36).
¿Cómo fue que pudo sobreponerse a ese combate? Por medio de la oración en acción. En repetidas ocasiones, Jesús iba donde sus discípulos y los invitaba a mantenerse despiertos, alertas y en estado de oración (Mc 14, 37-41). Y es ahí donde radica la actitud, Jesús no se conformó en solitario a sufrir su agonía, desgarrando su alma, sino que, salía de su dolor para poner a sus discípulos en vigilia y en oración.
Bajo esa misma perspectiva, la carta de Santiago (St 1, 2) invita al cristiano a gozarse en medio de las tribulaciones, pero ¿cómo lograr ese gozo cuando el dolor encapsula y encierra en él? Solo el actuar del Espíritu Santo lo hace posible. El Paráclito (Jn 14, 16), además de consolar, también acompaña al creyente, motivándolo a salir de ese “encierro”, solo basta una rendijita para que el Espíritu penetre y actué en la persona. El cristiano motivado por el Espíritu, a medida que, salga de su dolor poniendo su mirada en el dolor de los demás, ayudando y consolando, estará ejercitando su fe, para llegar a la Perfección Cristiana (St 1, 4).
En efecto, las tribulaciones hacen en el cristiano que su fe se ejercite, produciendo paciencia en la persona (St 1, 3). Esa paciencia en realidad es Dios capacitando al cristiano en el sufrimiento, es decir, le está enseñando a “saber sufrir”. A medida que el “doliente” sea capaz de salir de ese rol, para tomar el rol del consolador, el del que acompaña al otro, estará enfilándose a la Perfección Cristiana, determinando, ahora sí, la métrica que señala su nivel de Vida Cristiana.
Y tú ¿Qué tanto sales de tu dolor para ponerte al servicio del otro?
Sandra Paola Zarza Atzin, Alumna IPB-SCA