Soy una persona de muchos años. Nada me ilusiona nada me alegra ni entristece. Me encuentro como curtido e inmunizado, ante todo. Fui joven, tuve sueños y planes. Algunos se volvieron realidades. Ante los fracasos, intentaba retomar el rumbo y en ocasiones nuevos naufragios se sucedieron y las caídas fueron todavía peores. Hoy me encuentro triste y decepcionado.
No nací para ser una persona de Dios. Miro hacia atrás y todo son ruinas, todo es desastre. Soy culpable de ello o tal vez, en realidad, ni siquiera me interesa descubrirlo. Ya no hay marcha atrás. Lo que sí sé con certeza es que no hay consuelo ni esperanza para mí.
Hasta ahora todo es desastre y noche oscuras, todo está perdido, no hay nada que hacer. Se acabaron los sueños para mí.
ESPERANZA
También de las ruinas es posible construir castillos de luz apuntando hacia la eternidad, y aun habiendo cosechado fracasos, podemos aspirar a tener centelleantes primaveras. Tu soledad puede estar habitada por la Presencia y allá arriba nos esperan el descanso y la liberación.
Somos inmortales porque somos hijos del Dios inmortal y esa voz me dice que no todo está perdido, que todavía estamos a tiempo. Sólo basta buscar a Jesús y Él resucitará en ti y Él hará florecer primaveras sobre las hojas muertas de tu otoño y experimentarás la fortaleza, el amor, la paciencia y esa voz interior te dirá una y otra vez “ven, vamos, comencemos otra vez”.
Nunca más te sientas entre los olvidados del mundo. No te canses de mirar las estrellas por la noche. No te canses de brillar, de sembrar, aunque tus ojos no ven las espigas doradas. Camina e invoca a Dios Padre, a Nuestro Señor Jesús y su Santo Espíritu en todo momento y ese Dios Trino se convertirá en luz para tus ojos, aliento para tus pulmones, aceite para tus heridas, meta para tu camino, premio a tus esfuerzos por reinventarte.
Inicia o recupera tu experiencia de Dios, ponlo a prueba y verás ¡qué bueno es! Abandónate en el silencio de Dios y la certeza que da la fe (Lm 3,25-26). Experimenta su consolación y su transformación cristificante. Como nos dice Epístola a los Hebreos: “No te dejaré ni te abandonaré” (Hb 13,5), así que podemos decir confiados: “El Señor es mi ayuda, no temeré” (Hb 13,6). San Pablo nos dice: “Todo lo puedo en aquél que me conforta” (Flp 4,13).
Paty Chávez, Alumna del IPB y EBES