No siempre la voz de Dios se escucha en el silencio de un templo o en la solemnidad de una oración.
A veces llega en medio del ruido cotidiano, en el trabajo, en la familia, en las preguntas que nos acompañan día tras día. Es una voz que no grita, pero que insiste; que no obliga, pero que invita.
Es la voz que llama al corazón y que, cuando la reconocemos, nos abre un camino nuevo.

Así le sucedió a Samuel, que en la noche escuchó su nombre y aprendió a responder:

“Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1S 3).

Así también ocurrió junto al mar de Galilea, cuando Jesús miró a Simón, Andrés, Santiago y Juan y les dijo:

“Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres” (Mc 1,16–20).

Y así sucede hoy, cuando la Palabra se hace presente en nuestra familia, en nuestros gestos sencillos, en la misión que Dios nos confía. Porque, como recuerda San Pablo,

“La fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo” (Rm 10,17).

La vocación es esa respuesta que nace de la escucha y se convierte en misión. Es el eco de una voz que nos llama a vivir con confianza, en lo cotidiano, en la familia y en la comunidad. Que hoy sea un tiempo para afinar el oído del corazón y decir con entrega:

“Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Oración

Padre, que llamas a cada uno por su nombre, abre nuestros oídos para escuchar tu voz en lo profundo del corazón.
Jesús, Hijo amado, que invitas a seguirte en lo cotidiano, fortalece nuestra respuesta para dejar atrás lo que nos ata y caminar contigo en confianza.
Espíritu Santo, que enciendes la fe y nos envías en misión, haz de nuestra vida un anuncio vivo de tu Palabra.

Que podamos decir siempre, con humildad y entrega: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.
Amén.