Jesús enseñaba en la sinagoga un sábado. Allí estaba una mujer que, desde hacía dieciocho años, vivía encorvada, atrapada por un espíritu que la mantenía inválida. No podía mirar hacia arriba.
Así también el alma del pecador, absorbida por las preocupaciones terrenales, pierde su rectitud. Al seguir deseos que la arrastran hacia abajo, su espíritu se curva y deja de mirar lo alto. Solo ve aquello en lo que piensa sin cesar: honores, dinero, propiedades… cosas bajas que desvían el corazón y lo alejan del cielo.
Miremos con honestidad nuestros pensamientos:
¿a qué les damos vueltas sin descanso?
¿Qué ocupa nuestro espíritu?
Cuando el alma se inclina hacia lo bajo, se asemeja a aquella mujer encorvada: simplemente no puede levantar la mirada.

Pero cuando Dios toca el corazón, brotan lágrimas: lágrimas de alivio, de perdón, de amor que se sabe pequeño ante la misericordia. La mujer encorvada no solo fue sanada físicamente; su espíritu se enderezó ante la mirada compasiva de Jesús. Y sus lágrimas no fueron de dolor, sino de libertad recibida.
¿No te ha pasado también? Después de una confesión sincera, una comunión profunda, una visita silenciosa al Santísimo… ese nudo en el pecho se disuelve y las lágrimas llegan sin aviso. No son tristeza: son oración líquida, el alma agradeciendo en silencio.
